«Echamos el ancla, bajamos al camarote»
De pequeña solía jugar a un juego. Consistía en que me paseaba por mi casa y elegía un número contado de objetos y juguetes que metía en una maletita. Después me dirigía al salón, donde mi sofá se convertía en barco y la alfombra en muelle de embarcación. Llegaba mi turno, enseñaba el ticket y me subía al barco: yo, sola, junto a escasas pertenencias y bastante imaginación. Me pasaba la tarde ahí, balanceándome entre cojines, jugando a conseguir sacarle todo el partido a mis juguetes sin que el aburrimiento me alcanzara.
La situación actual me evoca ese momento y me recuerda que sigo subida a ese barco y que irremediablemente, navego rumbo a ítaca.
Se ha tenido que parar el mundo, literalmente, y el Estado, el Padre «“si me pongo psicoanalítica«“, nos ha «obligado», «insistido» o «invitado», según el tono que le quiera dar a mi narrativa, a echar el ancla.
Lo increíble ha sucedido. El mundo me insta a parar.
He parado. Y al hacerlo me ha venido esa imagen: yo, de niña, surcando los mares de mi salón.
En estos días de pandemia y cuarentena, cuando me atrevo por momentos a abrir la ventana de la televisión y ver lo que está sucediendo ahí afuera, se me ponen los pelos de punta. Horror, conmoción, miedo, ternura, admiración y agradecimiento se entremezclan por partes iguales, creando en mí un cocktail de emociones contrapuestas, que, cuan agua y aceite, aún juntas, no se entienden.
Mares de cuerpos están llegando a las costas de ítaca. Una oleada inesperada. Vidas que se apagan en soledad, aisladas, separadas de sus seres queridos por medidas de protección, para evitar la propagación.
Se me encoge el corazón al pensarlo y al ver las acciones heroicas que lleva a cabo día tras día todo el personal sanitario. Me emociono al ver transmitidas las imágenes de los hospitales, de los trabajadores, de los enfermos, de las residencias de ancianos.
¡Pero qué frágiles somos, qué vulnerables… y qué rápido puede colapsar un sistema que creemos tan resistente! Qué gran cura de humildad…
Un golpe de realidad, un virus invisible ha venido, a recordarnos cuán poco está en nuestras manos, cuán rápido puede virar el rumbo de nuestros barcos.
¡Pero cuán por sentada he dado mi vida…! Dando por supuesto que tengo un barco bajo mi posesión, que el buen tiempo me debe acompañar durante el viaje, que otros barcos vería surcar por el mar. Que la salud siempre estaría de mi lado. Que combustible no me iba a faltar. La despensa siempre llena y el motor siempre en marcha.
Ahora se me pide que saque el ancla «“impoluto y hasta el momento en completo desuso»“, que baje las revoluciones, que no salga de casa…
El virus ha encontrado una hendidura por la que colarse en distintos aposentos. En estos momentos habita dentro de muchísimos cuerpos provocando respuestas muy diversas: fiebre, dolores, tos y anosmia; el virus nos confisca dos de nuestros sentidos, el gusto y olfato. Eso me hace pensar cuán necesario es que temporalmente me sean requisados los bienes que tanto damos por sentado, para que al sernos devueltos, los podamos apreciar, agradecer y valorar.
La situación está siendo cuanto menos abrumadora, pero parafraseando a Mario Benedetti, podemos quejarnos porque las rosas tengan espinas o podemos valorar que las espinas al menos tengan rosas.
Hay rosas que marchitan, pero en su curso natural lo hacen, porque previamente han florecido, han existido. Sin embargo mi sensación es que se están arrancando las flores de jardines tupidos, antes si quiera, de llegar la primavera.
Me atrevo a decir esto porque al menos ahora, en esta situación, mi barco se siente amparado. Los barcos que viajan cerquita de mí están en buena condición y pocos están en situación de riesgo. Lanzo botellas al mar con lo que yo puedo brindar y rezo por todos aquellos que en ítaca están desembarcando. Pero por supuesto que me siento en contradicción. Me duelo por los que sufren, por los que enferman, por los que se van, por la impotencia. A la vez me siento afortunada por tener un barco fuerte, de madera sólida, un barco amplio, ajardinado.
Echado el ancla viene a mí el tiempo. De repente, tengo tiempo, tengo espacio, tengo ideas, tengo amigos, tengo familia y encuentro una pluma con la que escribir. ¡Hacía cuánto que no escribía a pluma! Abro el baúl de mis recursos y puedo apreciar cuantísimo he recolectado ya.
Yo, habituada a situarme perennemente en la proa del barco, equipada con unos prismáticos, buscando fuera, tierras, islas, tesoros que conquistar… Siempre con la mirada posada en el horizonte, anhelante de lo de fuera, por lo que vendrá, buscando aquello que me falta, que está por encontrar.
Siempre mirando fuera, nunca quedándome en casa. Sin embargo ahora, irremediablemente he tenido que poner el ancla y he bajado a mi camarote. Ahí me estoy encontrando conmigo, con mis recuerdos, con mi pluma y con mi deseo de descansar un rato, navegar más lento, saborear el viaje, manteniéndome alejada de la isla a la que en estos días, lamentablemente, tantas almas están arribando.
Me quedo en mi barco.
Es momento de recogimiento.
De habitar el camarote.
De jugar en el sofá,
de recordar,
que somos movimiento
y que debemos
adaptarnos al viento.
Madrid,
27 de Marzo 2020

