Un jardín es un ente vivo en el que puede crecer de todo.
Según lo que plantes, eso crecerá. Si lo dejas a su libre albedrío, será salvaje: aparecerán dientes de león, lirios, pensamientos, hierbabuena y también mala hierba. Te puedes llevar sorpresas y que te crezca una tomatera donde jamás te esforzaste en plantar una. WUM: un regalo de la tierra; recibir tomates sin esfuerzo alguno. Sin embargo, si te descuidas, también crecerá la mala hierba a una velocidad abismal.
Con poco tiempo que te ausentes o desatiendas el jardín, verás que de entre el césped tupido aparecerán ortigas y mucha mucha mala hierba. Si te agachas te podrás fijar en lo fuertes que son sus raíces. Si tratas de arrancarlas sin piedad, de cuajo, se levantará el suelo, y si insistes, conseguirás arrancarlas llevándote muchísimas raíces, dejando un agujero inmenso.
Nuestra mente es un jardín.
Pienso así en nuestros propios mecanismos psíquicos y de defensa: creencias, patrones, hábitos; redes neuronales que echan raíces. No podemos arrancar a lo bestia viejas creencias sumamente arraigadas, enquistadas: enraizadas. De hacerlo, levantaríamos el suelo firme que nos ha sostenido -bien para mal, pero sostenido-. Si se extirpan sin miramientos, se nos levantaría el suelo, tambalearíamos, perdiendo el equilibrio, abriendo un abismo.
Puede que algunas creencias y mecanismos nos ayudasen durante un tiempo determinado, pero es posible -e incluso esperable- que llegue un momento donde más que ayudarnos a avanzar, nos impida.
A veces ése es el momento en que se acude a terapia.
¿Por qué lo que me ha servido durante tanto tiempo, ya no me ayuda? ¿O incluso me perjudica?
Creer, por ejemplo, que hay que ser fuerte y perfecta, siempre y sin excepción, o que mientras consigas tener vetada a la vulnerabilidad vas a estar a salvo, son boyas a las que en algún momento te tuviste que agarrar, para no hundirte, para sobrevivir. Y cumplieron una función muy valiosa.
Pero por suerte -y no lo niego, con cierta incomodidad-, llegará un momento donde te costará muchísimo esfuerzo y energía seguir sosteniendo ciertas creencias ya muy arraigadas. Puede que tu jardín se haya llenado de mala hierba, dura y robusta, que dificultará que crezcan otras especies más suaves y armoniosas, amapolas quizás.
Pero, ¿cómo voy a arrancar lo que un día me salvó?
¿Cuántas veces preferimos sentir las raíces -las que sean, aunque nos hagan mal- más que el vacío?
Quizás debamos tratarnos a nosotros mismos con la práctica y sabiduría de un jardinero: antes de arrancar nada, observar el terreno, preparar unos semilleros nuevos con especies fértiles y saludables. Dejar germinar. Tenerlo todo listo para cuando llegue el momento de arrancar las raíces dañinas, que inevitablemente dejarán un vacío.
Algo así es lo que hacemos en terapia. Con mucho cuidado y al ritmo que la tierra y el clima lo permita: damos espacio a ese vacío, uno fértil; vaciar, para que se pueda volver a llenar; soltar lo que ya no es de ayuda, para que algo nuevo pueda germinar. Y entonces sí, trasplantar los semilleros a esos agujeros.
Tengo claro que no es fácil ir a la raíz, menos aún, desprenderse de ella, aún a sabiendas de que se trata de mala hierba. Mala hierba nunca muere. Eso dice el dicho.
En terapia trabajamos en identificar las raíces que nos hacen daño, y las excavamos, con cariño y cuidando: siempre. A su vez sembramos recursos nuevos, que nos nutran y alimenten.
Cortar de raíz no siempre es fácil.
Pero si sueltas, se va…
Dejando espacio a que llegue algo nuevo.
Cultivando nuestras tierras, cultivamos cuerpo y mente.
