
Lo primero que me pidió el cuerpo cuando me enteré que nos iban a confinar, fue dar un paseo por la Casa de Campo. Lo primero que hice cuando pudimos volver a salir fue lo mismo: adentrarme en la frondosa y florecida Casa de Campo. Lo que me mantuvo conectada conmigo y con el presente durante la cuarentena fue observar el proceso de la naturaleza: cómo iban floreciendo los diferentes árboles y plantas, cómo iban expandiéndose generosamente ante mí. Estuve muy agradecida de poder tener un huerto en casa y poder contemplarlo.
Como dijo Goethe, todos los días deberíamos leer al menos un buen poema o contemplar una hermosa pintura. O por qué no, una bella flor.
Durante este proceso me he dado cuenta de lo desconectada que suelo estar del paso de las estaciones. Puedo comer higos en invierno, mandarinas en primavera y si quisiera, castañas en verano. Parece que vivimos al margen de la Naturaleza, pudiendo comer todos los frutos en cualquier estación, independientemente de que sea o no su temporada.
Las casas están bien aisladas, apenas pasamos frío en invierno y en verano nos podemos poner el aire acondicionado. Son comodidades para nosotros, a la par que nos desvinculan y atenúan la conexión con los ciclos naturales.
¿Cómo es posible que apenas pueda enumerar cinco tipos de árboles?
Recuerdo un verano que fui a visitar a mi tía a Suiza. Ella es una amante de la naturaleza y se pasa el día adentrándose en los bosques, haciendo deporte y senderismo. Cuando la acompañaba iba con la lengua fuera, pero esa no es la cuestión.
Yo alucinaba con lo bien que se desenvolvía, por lo rápido que sorteaba las piedras del camino y sobre todo por cómo se orientaba entre el verdor. Yo, que solo veía piedras y arboles similares, era incapaz de orientarme. Aunque disfrutaba enormemente del camino temía adentrarme sola por los bosques, por si me perdía. Mi tía no lograba entender cómo sí podía orientarme en Madrid, donde «todas las calles eran iguales…» y no en un paisaje rupestre donde desde su perspectiva «los diferentes árboles indicaban inequívocamente el camino». Para ella el bosque no tenía pérdida, para mí no existía ningún punto de referencia.
Vivimos atropelladamente, con estrés y mucho trabajo.
Los niveles de cortisol se disparan y nuestros músculos se tensan. Esto nos lleva al desequilibrio y a la desconexión, tanto de nosotros mismos como de la Naturaleza que nos rodea.
Hay muchas investigaciones científicas que avalan los beneficios que nos puede aportar la Naturaleza.
Un simple paseo por el bosque ya nos apacigua y relaja.
En Japón es conocido el Shinrin-yoku cuya traducción literal sería bañarse en la atmósfera del bosque y que viene a ser eso, darse un baño forestal. La propuesta es sencillamente sumergirte en la naturaleza y abrir tus sentidos sensoriales: escuchar el piar de los pájaros, apreciar la brisa que te acaricia la cara, sentir la hormiga que camina sobre tu piel, observar cómo las copas de los árboles se entrelazan, oler el aroma que desprende el pino, saborear la delicia de una mora…
Abriendo los sentidos te harás más presente, habitarás el aquí y ahora con lo que acontece en cada momento. Estando presente, tu mente se acalla, dejando parcialmente tus pensamientos o preocupaciones en la periferia del bosque.
Los baños forestales se pueden hacer en cualquier estación del año. De hecho recomiendo hacerlo en todas las estaciones, de tal manera serás más consciente del paso del tiempo y el recorrido natural de las estaciones, pasando cada año por el mismo ciclo.
Los ciclos de la naturaleza se rigen según la máxima de Expansión-Contracción-Descanso. El bosque se expande con la Primavera y el Verano, dando frutos y flores hasta que llega el Otoño y con él, caen las hojas y aparece la contracción. La tierra descansa en Invierno, preparándose para la siguiente expansión primaveral.
Nuestros cuerpos se rigen por la misma máxima. Tanto en las estaciones, donde el cuerpo nos pide recogimiento en el otoño y el invierno, y expansión en la primavera y el verano, como en los ritmos circadianos: por la mañana nos despertamos, nos activamos y trabajamos. Por la tarde nos contraemos con la digestión y descansamos cuando dormimos por la noche.
Los músculos también se rigen por la tensión y la relajación.
El problema surge cuando no le damos espacio a la relajación, al descanso, al recogimiento…
En esta dinámica desenfrenada se nos olvida descansar, parar, respirar y permitirnos el no-hacer productivo. Decía Catón que «nunca está nadie más activo que cuando no hace nada y nunca está menos solo que cuando está consigo mismo».
Por eso es tan necesario que te tomes esos momentos de descanso. Y reitero: que te los tomes, porque lo más probable es que por sí solos no vengan. El deber te dirá: «siempre hay cosas más importantes que hacer».
El cuerpo y la mente necesitan descanso y reposo
pues de hecho se sabe que durante el sueño se consolida la memoria y se integran las vivencias. ¿Acaso nunca te has enredado buscando una solución ante un problema, no lo encontrabas, te fuiste a dormir y a la mañana siguiente te vino a la cabeza sin ningún esfuerzo? Con razón se dice «lo consultaré con la almohada».
En la ciudad hay ajetreo, ruido, pitidos, taxis adelantando, gente corriendo.
Hay una infinitud de estímulos que por suerte nuestro cuerpo -sabio- sabe desenfocar, ateniendo únicamente a lo que considera relevante. En la naturaleza sin embargo habita la armonía, la simetría y el silencio. Por poner un ejemplo, existe lo que se denominan patrones fractales: patrones que se repiten en diferentes tamaños: la forma de un árbol es semejante a la forma de una de sus ramas, que a su vez es similar al dibujo que aparece en una hoja de dicho árbol. Estos patrones fractales son los que también se evidencian en los copos de nieve. Según científicos, éstas simetrías suponen un descanso para el sistema visual de los seres humanos.
Por tanto, ante la pregunta: ¿qué puedo hacer para aumentar mi bienestar físico, mental y emocional?…
…¡Te animo a darte un baño forestal!
En el próximo post te dejaré un ejercicio que puedes practicar para conectar contigo y con la Naturaleza.
