+34 635 82 77 83 | Inés Vallvé - Psicóloga en la zona de Atocha-Arganzuela (Madrid)

mente creencias

«Creencias en formol»

La mente es el receptáculo en que se aglomeran y enfrascan todas nuestras creencias y los «deberí­as» aprendidos y heredados de nuestros antepasados.

 

Desde pequeños somos unas esponjas excepcionales, y nos dedicamos a absorber y recolectar todas las creencias familiares. Las cogemos e incorporamos como detectores de metales, con un magnetismo ultra potente. Recolectamos todos estos mensajes -explí­citos e implí­citos- que nos hacen sentir pertenecientes a la familia. Los enfrascamos automáticamente en botes de formol, sin cuestionarlos:

 

En un estante los «deberí­as ser buena», al lado de los «no llores» y los «me agotas». «Cuidado con lo que haces» al costado de «para ser alguien en la vida, hay que ser exitoso». Todos y cada uno de ellos bajo la etiqueta de frases explí­citas. En otro estante van los botes con mensajes implí­citos, aquellos que no se expresan con palabras, pero sí­ con gestos o actitudes, como ofrecerte una sonrisa viendo que haces los deberes, o poniendo mala cara si te ven pasártelo demasiado bien. Aquí­ se apilan los botes de formol bajo el epí­grafe de los códigos familiares. Los Gómez, Sánchez o Villaverdes se rigen por esas máximas; es su marca de la casa. 

Sin prácticamente quererlo, nos adentramos en el mundo adulto con un arsenal de botes con creencias en formol. Puede que los empezaras apilando en el sótano pero ahora los llevas puestos, dentro de ti, muchas veces sin saberlo -de manera inconsciente- y sin cuestionártelo. Somos portadores de creencias familiares, culturales y sociales. 

 

Le damos tanto valor a la mente, que relegamos el cuerpo a un segundo plano.

Hay quien directamente habita dentro de su mente, desconectado de sus sensaciones corporales. El cuerpo se vive como un cacho de carne, un residuo que nos recuerda crudamente nuestra procedencia animal. Lo desatendemos como desatendemos al apéndice, una cosa que está ahí­ no se sabe muy bien para qué. 

Castramos nuestro cuerpo, lo obviamos y olvidamos. Solo lo escuchamos cuando nos molesta, grita o llora reclamando atención. Molestos intentamos acallarlo, de la manera más rápida, quizás con una pastilla en lugar de una caricia. Así­, tornamos a encerrarnos de nuevo dentro de nuestra mente, ahí­ donde habitan los pensamientos, los planes, las expectativas, el futuro, los ideales, las obsesiones, las preocupaciones, la imaginación… 

Quizás entonces, sin esperarlo, desatendido el cuerpo y viviendo enredados dentro de la mente, aparezca el monstruo de la ansiedad. Quizás entonces se instale en algún recoveco de nuestros abandonados cuerpos: a algunas ansiedades les gusta conquistar el terreno de la garganta, a otros el paisaje del pecho, o las profundidades del estómago… 

 

¿A qué viene la ansiedad?

Esa es la gran pregunta. Preguntarse a qué viene. Qué mensaje trae, pues la ansiedad es un indicador de que algo no va bien. 

La ansiedad en gran medida pedirá -y si no le haces caso, acabará por exigir- un puente: que construyas un puente que conecte esa mente con ese cuerpo: que se hablen, se escuchen y se atiendan mutuamente. Pedirá que salgamos de la dicotomí­a, de la dualidad y busquemos una integración de las partes. Que mente y cuerpo, empiecen a dialogar y a remar en la misma dirección.

Es momento de revisar los estantes, deshacerse de algunos botes heredados que quizás, a dí­a de hoy no te sirvan, o te perjudiquen y llenar los estantes de aquello, en lo que tú sí­ crees. 

 

Cuando las creencias, las obsesiones, las frustraciones, el miedo o la ansiedad te impide continuar por el mismo camino, es momento de hacer consciente lo inconsciente.

Es momento de bajar al sótano y revisar los estantes repletos de botes de creencias en formol. Es hora de hacer limpieza. De quitar el formol y dejar que ciertas creencias limitantes se desintegren y dejen de existir dentro de ti para que otras nuevas más afines a tu YO-Actual, puedan abrirse camino.

La ansiedad es tan solo la voz que te pide, que bajes al sótano y revises los estantes.