Adéntrate en la naturaleza, apaga el móvil y enciende tus sentidos.
Déjate guiar por tus sensaciones y percepciones; si una piedra acolchada por musgo te llama la atención, acércate a ella, siéntate y cierra los ojos. Pregúntate: ¿qué oigo? ¿cuántos sonidos puedo llegar a distinguir? ¿a qué huele? ¿qué temperatura hace? ¿me roza la brisa? ¿en qué partes de mi cuerpo?
También puedes acercarte a un árbol, tocar su piel con tu piel: ¿qué textura tiene?
Mira a tu alrededor y juega con las perspectivas y los ángulos… hacia arriba, hacia el cielo, juega con las nubes y tu imaginación. Descansa tu mirada hacia abajo: ¿qué ves posado en la tierra? ¿distingues algún movimiento promovido por algún insecto?
Y como dice la canción:«respira»…
Enfoca la atención en percibir tu respiración sin pretender modificarla; simplemente observa cómo entra el aire en tu cuerpo, cómo se expande, llegando a tus pulmones en cada inspiración… y cómo se contrae con cada exhalación. Observa el movimiento que genera el aire en tu cuerpo. ¿Cómo es el ritmo de tu respiración? ¿Es acelerado, lento, profundo? Date cuenta sin juzgarte. Sea como sea, está bien, no tienes que hacer nada más que respirar.
Si vas acompañada/o, también es gustoso darse un «viaje sensorial»: véndale los ojos a tu compañera/o y hazle un recorrido sensorial, despertándole sus sentidos con las diferentes texturas que te brinda la naturaleza, desmenuzándole una hoja seca a la altura de su oído, dándole a probar una mora, acariciándole la cara con un pétalo, dándole un baño de sol… Te darás cuenta cómo se despiertan y agudizan los sentidos cuando cierras la ventana de la vista.
Para finalizar, tómate unos momentos al salir del bosque para percibir tu sensación corporal.
¿Has notado algún cambio?
¿Cómo se siente tu cuerpo?
¿Y tu respiración?
¿Cómo está tu mente?
¿Qué emoción o sensación predomina?
Date cuenta de cómo llegaste y cómo te marchas tras el baño forestal.

Adéntrate en la naturaleza, apaga el móvil y enciende tus sentidos.