Hay quien lo llama cuarentena, quien lo llama confinamiento y hay quien lo llama «encierro» o «arresto domiciliario». í‰stos últimos delatan a través de esas palabras elegidas «“posiblemente de manera inconsciente«“, su sentir respecto a la situación. Hay quien lo está viviendo como un encierro, y quien lo vive como una liberación o una bendición. Hay quien siente que el tiempo pasa volando, y quien siente que las agujas se quedaron paralizadas. Hay quien está luchando contra el virus bajo su propia piel y quien ayuda a los pacientes a sobreponerse, hay quien está de duelo y quien desde casa se centra en escudriñar las consecuencias económicas, hay quien se preocupa de las sociales, quien se ocupa de sus hijos mientras teletrabaja y atiende el hogar, hay quien perdió su trabajo y piensa en reinventarse y también hay quien cada mañana le sonríe al medioambiente. Y por supuesto, hay quien pasa por todo el continuo, sacando lo bueno del momento y lamentando también las pérdidas y crudezas.
Ahora que la cuarentena ha cumplido con la definición que su propio nombre indica «“más de cuarenta días «“, creo que es buen momento para echar la vista atrás y reflexionar sobre esta experiencia hasta ahora desconocida para todos/as nosotros/as y nuestros coetáneos, indistintamente del país, cultura, género, edad o estatus social.
Con esta entrada os quiero invitar a deteneros unos instantes y pensar cómo habéis vivido este confinamiento. ¿De qué te has dado cuenta ahora que inevitablemente has tenido que parar tu actividad? ¿Qué has descubierto? ¿Qué has echado de menos? ¿Qué ideas han recurrido a tu imaginación ahora que has podido disponer del ingrediente tan importante y que ha quedado en el stock de este siglo: el aburrimiento? ¿Qué caminos te ha abierto? ¿Qué nuevos hábitos has instaurado que no quisieras que se desvanecieran cuando se vuelvan a abrir las calles? ¿Y qué inercias no querrías retomar cuando todo esto acabe, qué no querrías que volviera con la supuesta vuelta a la «normalidad»?
Te invito a que te tomes un momento para cerrar los ojos, dejar que las respuestas vengan a ti y a anotarlas en un papel, en formato de escritura automática: sin parar de escribir, sin pararte a pensar, sin tachar. Deja que fluya sin que interfiera el juicio o la razón.
Yo lo he hecho, y os lo comparto a continuación…
«Las cuarenta y tantas noches» (y las que quedan)
Metida en casa…
He recorrido las paredes, como si de un libro se trataran. He leído cada rasguño, redescubierto cada esquina, el aroma de cada estancia. He reeditado la poética del espacio de Bachelard, le he dado usos diferentes al habitual a cada objeto, bailado con mis sábanas, utilizado la lámpara de pie a modo de micrófono… Las paredes se han transformado en pantallas de cine, los cuadros han tomado vida, metiéndome en sus mundos, a ratos para salir del mío. He observado mi impaciencia al verme observar el ritmo lento que aclama la Naturaleza… Expectante y curiosa me asomaba a diario al limonero para advertir que cada día le quedaba menos para que las flores se abriesen. Ahora que lo han hecho me he sorprendido al descubrir que su aroma es semejante al del jazmín.
He exprimido limones con las manos, para beberme una rica y fresca limonada. He apreciado las gotas del rocío sobre los tréboles. ¡He encontrado un trébol de cuatro hojas! ¿O es el trébol el que me ha encontrado a mí?
He cocinado. Vaya que si he cocinado. Me he envalentonado con platos suculentos… aprendiendo que la maicena «“además de una textura fina a más no poder»“, es el ingrediente estrella para conseguir la cremosidad en las salsas.
Mi cara ha descansado del maquillaje y mi cuerpo ha abogado por cubrirse con vestimenta de telas holgadas.
He encendido muchas velas, velado por los muertos, quitado mala hierba, descansado.
He meditado. He dejado deliberadamente que el tiempo pasara, sí, haciendo eso que común- y equívocamente se llama «perder el tiempo». He dejado que el tiempo se perdiera en mí o yo en el tiempo. Nos hemos enredado tanto que hasta he cumplido años.
He desempolvado cuadros de mis parientes, artistas, pasados. He recorrido las instantáneas que en su momento captaron sus retinas y reprodujeron sus manos.
Simultáneamente me ha dado por coger el pincel con mis propios dedos.
He retratado. He redescubierto la música de Patrick Watson. He conocido a Nazareth Castellanos, una neurocientífica maravillosa. He conversado largo y tendido con mis amistades. Skype, Zoom, Jitsi, Hangouts… qué os voy a contar.
Llorar, reír, soñar, todo tiene cabida. Al parecer, más que soñar más, lo recordamos mejor, pues no nos levantamos con el mismo ímpetu, con las mismas prisas. Soñé que subía un monte, una expedición en toda regla, que si lo hubiese sabido, casi que hubiese preferido la cuarentena. Subí el monte, en busca del sabio que supuestamente habitaba en esa aldea. Al llegar, me comunicaron que no existía tal sabio de carne y hueso, sino que «la sabiduría se encontraba en todos lados». Y así lo he sentido. He podido percibir la abundancia en cada esquina, en cada inspiración, en cada contacto.
Me he podido detener para mirar por la ventana. El camino me ha llevado hasta aquí. Ahora hiberno, cojo fuerzas y me pregunto hacia dónde quiero seguir caminando.
